Ella nunca
miraba hacia el costado, y así evitaba crear nuevos mundos que no sería capaz
de gobernar. Ya de por sí, su reino se había extendido muchísimo más allá de lo que sus ojos podían percibir y se le estaba volviendo incontrolable, por lo que un
buen día tomó la determinación de dividirlo para siempre. A partir de ese
momento -aunque siempre había sido así realmente- sólo ejercería su influencia
sobre aquello que se encontrara dentro del rango de su mirada.
Todas las instituciones de su reino estaban plasmadas en construcciones que se mimetizaban con la geografía, de un modo en que sólo Ella podría haber imaginado. A comienzos de su dinastía, mientras contemplaba un atardecer a través de su ventana, la silueta del terreno le recordó a la de un cisne recostado sobre su estómago, como aquel que espera el momento adecuado para soltar su última y más profunda melodía. Conmovida por semejante imagen, delineó un horizonte arquitectónico en el que las construcciones quedarían indeleblemente integradas a aquella ceremonia: la caída del Sol sobre las nuevas estructuras de piedra, apreciada desde su ventana, proyectaría ahora también las formas de todos los animales que acompañaban al cisne en el momento previo a su no-muerte diaria. Podría haber sido para el ave una agonía eterna y sostenida, pero Ella resolvió dar nacimiento a ese cortejo que nunca más lo abandonó. Después de todo, es lo que siempre había soñado para sí misma.
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