Nadie a
quien gritarle. El hueso encuentra calidez en la lamida del perro. La mugre
surfea las canaletas de esas baldosas que tan horriblemente embellecen el
paisaje de la vereda. Y sigue sin haber nadie. Nadie con quien contar hasta
diez. Nadie con quien contar hasta las diez. La manzana gira sobre el eje de una de sus esquinas y la puerta de un local me come entero. Entonces a las diez aparece ella
detrás de ese mostrador, en plenas fauces de la criatura que acaba de devorarme.
Ella es la campanilla de la bestia. Su voz resuena por todos lados, y habla música.
Mucha música que no llego a abarcar. La escucho a ella o escucho la música, las
dos cosas me resulta imposible. Pero son inseparables, ése es el problema. Asiento a todo y le digo que muchas gracias por todo. La criatura me escupe fuera de sus entrañas y todo sigue su
curso bajo las suelas de mis zapatillas.
Todas las instituciones de su reino estaban plasmadas en construcciones que se mimetizaban con la geografía, de un modo en que sólo Ella podría haber imaginado. A comienzos de su dinastía, mientras contemplaba un atardecer a través de su ventana, la silueta del terreno le recordó a la de un cisne recostado sobre su estómago, como aquel que espera el momento adecuado para soltar su última y más profunda melodía. Conmovida por semejante imagen, delineó un horizonte arquitectónico en el que las construcciones quedarían indeleblemente integradas a aquella ceremonia: la caída del Sol sobre las nuevas estructuras de piedra, apreciada desde su ventana, proyectaría ahora también las formas de todos los animales que acompañaban al cisne en el momento previo a su no-muerte diaria. Podría haber sido para el ave una agonía eterna y sostenida, pero Ella resolvió dar nacimiento a ese cortejo que nunca más lo abandonó. Después de todo, es lo que siempre había soñado para sí misma.
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